1.- Nadie duda que durante doce años o más, en Salta, el Partido Justicialista y el Gobierno Provincial fueron privatizados. En Salta se había afianzado un régimen social de acumulación concentrado y excluyente, en coherencia con el Neoliberalismo de la globalización financiera.
La utopía neoconservadora de la conducción del PJ, consistía en la pretensión de barnizar las “instituciones democráticas” sin alterar la naturaleza de la factoría colonial agraria de la Provincia de Salta. Por tal razón, dichas instituciones eran sumamente frágiles y vaciadas de protagonismo popular. Trasuntaba, desde la gestión gubernamental, una Salta arcaica e inmóvil, la expresión de la divisa de Augusto Comte: “Ni reacción, ni revolución”.
La conducción del PJ estuvo en manos de una dirigencia domesticada, cuyo único horizonte eran los cargos públicos a alcanzar para usufructuar las prebendas que el régimen otorga a quienes utiliza como cómplices para encubrir la dominación y la explotación con un manto de representatividad y legitimidad democráticas. “Todos somos iguales” repetía constantemente la dirigencia pejotista, pero algunos eran más iguales que otros. Esa hipócrita "unidad”, respondía a la Escuela de Frankfurt, encabezada por el filósofo neomarxista Jurgen Habermas, que impuso hace más de treinta años a las democracias occidentales la teoría del consenso.
Ese “consenso” y “unidad” del PJ, resultante del acuerdo de los grandes partidos y los grupos económicos, transformó la genuina representación democrática y el sufragio universal y secreto en una verdadera farsa, porque venían a justificar las decisiones ya tomadas de antemano por la “concordancia”.
2.- Que el “jucarismo” intente denostar a la Lista “Urtubey-Conducción” es cobardía política, porque la interna convocada para el 21 de noviembre/2010, era la gran oportunidad del “peronismo feudal” para debatir en forma “agonista” en el seno partidario, sobre la naturaleza histórica, doctrina, tradición y lucha, del gran movimiento nacional, popular y revolucionario, nacido el 17 de Octubre de 1945.
La verdad es que el “jucarismo”, siempre estuvo afuera del peronismo, aún cuando conducía el aparato del PJ, traficando con su liturgia. Actualmente ha cometido un “sincericidio” y ha regresado a su espacio natural del conservadurismo neoliberal. Sus definiciones ideológicas con respecto a las políticas públicas, que se implementan en el Gobierno Nacional y Provincial, son tan elocuentes que no generan dudas.
La “democracia” que el PJ romerista defendió era la “procedimental”, en la cual sólo le interesa a los dirigentes políticos cumplir con el formalismo democrático, dejando de lado todo contenido de valores. El fracaso de la democracia procedimental con la consecuente crítica a los partidos políticos por ejercer la representatividad popular en forma espuria, no solo porque monopolizaron dicha representatividad, sino porque la bastardearon con las oligarquías partidarias, ha hecho surgir nuevas formas de representación políticas.
Entre esas nuevas representatividades que eligen a sus autoridades, se encuentra la vieja acclamatio, donde la voluntad pública del pueblo se expresa por aclamación popular, como consentimiento de los gobernados. La democracia se torna así directa, eliminando toda mediación entre el pueblo y sus representantes. Recordemos aquí la aclamación de Irala, nombrado gobernador de Asunción por sus huestes en 1544 y la aclamación de Perón por el pueblo en la Plaza de Mayo, el 17 de octubre de 1945 como líder de los argentinos.
Como el pueblo existe sólo en lo público, cuanto más fuerte es el sentimiento democrático, más seguro es que la democracia es otra cosa distinta a la ecuación liberal “un hombre = un voto”. Esta institución de la acclamatio utilizada durante 1500 años en la proclamación popular de los reyes, desde Roma hasta finales de la edad media, ha sido recuperada en este comienzo del tercer milenio, desde las sociedades periféricas, sometidas al “totalitarismo democrático” de aquellos que se apropiaron de los partidos políticos, los aparatos culturales, los mass media y las empresas del Estado.
La acclamatio perdura en las elecciones gremiales, que casi siempre son precedidas por una asamblea de delegados en donde se vota por aclamación a los candidatos. La acclamatio es en los sindicatos la condición previa de la elección formal de autoridades. Con el retorno de la política, se instala en la escena suramericana una gramática que parecía olvidada, redefiniendo el papel del Estado en la regulación de las respectivas economías, asociado a ciertos modos de la participación popular que aparecían anacrónicos en la época dominante del neoliberalismo.
3.- La “democracia procedimental” anuló el debate en el PJ y al Estado lo vació de todo contenido ético, licuando sus aparatos de poder y así, vía privatización de todas las empresas públicas o vía anulación de las reparticiones estatales de planificación, logró dejar de lado los tres principios que lo constituían: la idea de bien común, como principio de finalidad; la idea de solidaridad, como principio de integración y la idea de subsidiariedad, como principio de ayuda. Quedando así reducido a simple regulador de los contratos jurídicos y a represor de los sectores descontentos. A esta reducción de la actividad estatal, la denominan “seguridad jurídica”.
El “jucarismo” se negó sistemáticamente a debatir ideológicamente en el seno del PJ, desechando lo político en nombre de las más diversas formas de reingenierías electorales (Ejemplo: ley de lemas, etc.) que respondían a las retóricas del consenso y del fin de las ideologías y que continúa reivindicando bajo nuevos ropajes “neorrepublicanos” de última hora, esos que abominan del conflicto y del disenso.
En defensa del capitalismo especulativo financiero, naturalizaba sus intereses corporativos en el Gobierno, mientras profundizaba la despolitización del PJ y la sociedad salteña, lanzándolos a los brazos de la tecnocracia, el management empresarial y la retórica aterrorizadora de los gurús de la economía de mercado, todo ello funcional a la destrucción del trabajo, a la profundización exponencial de la desigualdad y al incremento vertiginoso de la pobreza y la marginalidad.
A partir de la conducción del compañero Urtubey en el PJ, debemos transitar el pasaje de la metáfora financiera a la metáfora fabril: decirle adiós definitivo a los yuppies de Wall Street con sus teorías de ajuste y flexibilización laboral y darle la bienvenida a los sindicatos y las chimeneas. Desde el nuevo PJ, debemos politizar la economía, inscribirla nuevamente en el interior del proyecto de transformación que significa el peronismo, que siempre supo dejarse interpelar por los sujetos de las injusticias.
El próximo 21 de noviembre, al día siguiente de celebrar el aniversario de la lucha por la soberanía nacional, los militantes estamos convocados para escribir las páginas del Libro “Azul y Blanco”, arrancándole la careta a la mascarada democrática de aquellos dirigentes que balbuceando la marchita, falsificaron la realidad con “mentiras a designio”, tal como quería Sarmiento. El Libro “Azul” del “jucarismo” fue derrotado en octubre del 2007, un libelo pergeñado para encubrir con liturgia pejotista, una complicidad con el neoliberalismo y destruir desde “adentro” al peronismo, perpetuando un statu quo colonial de factoría agraria.
A partir del 21 de noviembre de 2010, los militantes justicialistas diremos junto a Raúl Scalabrini Ortiz: “…No es tarea fácil la que hemos acometido. Pero no es tarea ingrata. Luchar por un alto fin es el goce mayor que se ofrece a la perspectiva del hombre. Luchar es, en cierta manera, sinónimo de vivir…”.
Salta, 8 de octubre de 2010. Nicolás R. Juárez Campos.
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