1.- Afirmaba Leopoldo Marechal que “…el hombre, por el solo hecho de vivir, es un ser comprometido ya desde su nacimiento hasta su muerte…” y que su compromiso político tenía una base religiosa. Aseguraba el poeta nacional: “…Se me impuso la doble y complementaria lección crítica del amor fraternal y la condenación del rico en tanto que su pasión acumulativa trastorna el orden en la distribución asignado tan admirablemente a la Providencia en el Sermón de la Montaña….”.
Desde estos argumentos Marechal explica su militancia en el justicialismo. Pero antes de estas reflexiones, fue el instinto: cuando la mañana del 17 de octubre de 1945 vio pasar bajo el balcón de su departamento, las masas de descamisados hacia la Plaza, sin vacilar, puro reflejo, Marechal supo que ahí marchaba el pueblo, bajó a la calle y se sumó a la manifestación que, según define, fue “…la única revolución verdaderamente popular que registra nuestra historia…”.
A partir de entonces Marechal se ganó el desprecio de la intelectualidad tilinga, de los partidarios de la “civilización” que en representación de la barbarie encarnaría la “contrarrevolución” - así la denomina- del 55 con bombardeos, fusilamientos y torturas.
2.- A partir del fallecimiento de Néstor Kirchner nadie duda que su gobierno fue una bisagra en la historia argentina que permitió ir recuperando un proyecto reindustrializador con un Estado activo, que parecía inaccesible tras los horribles años que mediaron entre los 90 y la crisis de 2001.
Su gestión gubernamental fue un período con una enorme creación de empleo (y mejora salarial) y un fuerte descenso de los niveles de pobreza e indigencia. Con exportaciones que se fueron diversificando y con muchos dólares comerciales, que permitieron evitar la dependencia financiera externa, poniendo fin al monitoreo y “sugerencias” de uno de los organismos globales de dominación y atraso más nefastos como es el FMI.
“No llego aquí para dejar mis convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno”, aseguró Néstor Kirchner, en mayo de 2003. Luchó por ellas y se enfrentó a los poderosos a quienes se creía intocables. Vivió, gobernó y murió como un militante apasionado. Fue un presidente militante. Un constructor de poder político. Néstor fue un cuadro del justicialismo por compromiso y por convicción.
Néstor le devolvió a la política la conducción de la economía. Llevó a miles de jóvenes, esos que lo lloraron en la Plaza de Mayo, a volver a creer en esa palabra tan desprestigiada desde el establishment. Los impulso a militar, a luchar, a comprometerse por el país. Néstor nos devolvió a los argentinos la pasión por la política y las viejas tradiciones, colocándolas en nuevos desafíos. Torció la inercia de un país decadente y fragmentado. Desde la Revolución Fusiladora que no se experimentaba este quiebre. Ahora regresó la pasión política y el compromiso activo para transformar la desigualdad en la Argentina. Que estemos discutiendo que país queremos se lo debemos al giro tremendo de la historia que produjo Néstor.
Néstor planteó la política como herramienta privilegiada de cambio y generadora de justicia en una tierra de injusticia. El militante como artífice necesario, vehículo imprescindible y actor principal de una modificación sustantiva de la sociedad. La comprensión profunda de la realidad como prerrequisito de la acción exitosa, la capacidad para guiarla y la denuncia de un estado de cosas previa a la intervención política. El discurso político como acción. El compromiso político como proyecto y opción de vida.
Néstor y Cristina entienden al justicialismo como una revolución popular, como un movimiento nacional de transformación social. Ser justicialista es formar parte de la lucha por la liberación del pueblo de la opresión y la injusticia, partiendo del reconocimiento de la especificidad histórica de las luchas populares argentinas y negarse conscientemente a todo vanguardismo iluminado y abstracto. Solo se puede ser partícipe de una revolución en la vida: la que realiza el Pueblo al que uno pertenece. Por eso, las revoluciones ni se exportan ni se importan. Un pueblo que tiene que importar su revolución no se la merece.
Los justicialistas debemos concebir la actividad política, como práctica colectiva y orgánica, opuesta a la lógica de aparatos dictatoriales, pero también al individualismo personalista hueco. Ambas formas expropian los sentidos generales en pos de perspectivas impuestas y recortadas desde arriba, “consensuadas” en otra parte. Limitan o aniquilan la participación de militantes y siembran la desconfianza en la acción colectiva, destruyendo así las enormes posibilidades de una acción real transformadora.
Un militante justicialista desdeña el espíritu gerencial y mercantil propio de los que ven al poder como oportunidad individual o de pequeño grupo para mejorar sus vidas y sus posiciones o posesiones sociales o económicas. Su mirada y acción política es siempre punzante, procurando pensar las condiciones de la acumulación de poder, norte de toda acción sustentada en el tiempo, en términos de realismo, pero articulada con los valores y principios trascendentes que la constituyen como experiencia y decisión vital.
La cultura política mercantil tiene como personaje central al “operador político”. El “operador” resulta además la contracara de la afirmación de los valores propios y las alianzas que establece no son con equipos o fuerzas organizadas, sino con el atomizado espectro político punteril. Anudar relaciones y “abrochar” resultados son sus funciones. Organizar lo disperso y referirlo a un vértice que siempre es un nombre. La organización y el incentivo a la participación son consignas para persuadir a incautos que utilizan frecuentemente los “operadores” pejotianos.
Un militante justicialista debe procurar construir un pensamiento lúcido para iluminar el terreno sobre el cual intervenir en política concretamente. Antes de Néstor faltaba la mística para acompañar un “sueño colectivo” más allá de las fronteras. “Vengo a proponerles un sueño: reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como Nación. Quiero una Argentina unida….Quiero un país más justo…”, expresó el Flaco en su discurso de asunción.
El legado de Perón y el mandato de completar la Revolución inconclusa fue asumido integralmente. Reconstruir al justicialismo como fuerza política será aunar sectores, formar cuadros militantes, dirimir el internismo en el ámbito político – ideológico y exigir a los candidatos propuestas que terminen con la concepción gerencial. Es prioritario aunar la militancia, la vocación por el ejercicio práctico de la política y la búsqueda de la comprensión intelectual del mundo social en el que esa práctica se desarrolla y se sitúa históricamente.
Después de la muerte de Néstor es necesario hacer un balance en el plano político, de revaluar el significado de la ideología en el proceso de liberación y de valorizar el inestimable papel que deberá jugar en el futuro la militancia. Las cuestiones coyunturales no pueden devorar nuestro esfuerzo militante y anular la capacidad de pensar y construir escenarios que garanticen poder popular y afiancen una correlación de fuerzas que erradique definitivamente la dominación de la rosca oligárquica sobre la estructura social de nuestra patria.
Los militantes justicialistas tenemos la certeza de que estamos atravesando momentos decisivos en este proceso histórico. Existe un contexto favorable en el continente, con avances y retrocesos, pero con una autonomía de nuestros gobiernos solamente equiparable a la etapa independentista del siglo XIX. Además esta integración está inmersa en la crisis estructural que atraviesa el capitalismo a escala global, lo cual incide favorablemente para la unidad de nuestros pueblos y la posibilidad de recuperar definitivamente nuestras riquezas para realizarnos en un destino común.
El proceso de normalización del PJ debe construir representaciones de cara a la sociedad y expresar la voluntad de construir una fuerza política que sustente el proyecto nacional que conduce la compañera Cristina y se profundice en nuestra Provincia. Existe una extraordinaria oportunidad para poner en debate la historia reciente y no tan reciente, la estructuración orgánica de una fuerza que abarque a sectores no peronistas y la integración con el resto de la región. La única forma de recuperar la credibilidad dañada del PJ es interpelar al enemigo desde un proyecto popular.
Es fundamental que el justicialismo vuelva a debatirse en los sectores populares a la luz de sus demandas, pero esencialmente debemos apoyar militantemente la Argentina del Bicentenario. Es nuestra tarea interpelar en cada lugar que nos sea posible sobre el país que queremos y la comunidad que podemos construir. En cada comunidad, por más pequeña que sea, se encuentran las estructuras de dominación destinadas a perpetuar el orden social de privilegio. El desafío militante es recrear en cada comunidad un proceso liberador, intervenir en lo que se transforma desde el saber popular y construir el marco ideológico y político que canalice las demandas populares.
Es necesario terminar con las políticas marketineras, donde las acciones están destinadas a producir el reconocimiento en quienes manejan los recursos del Estado. Hay un enorme activo militante dispuesto a construir la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria. Tras siete años de este proceso popular, sabemos quiénes luchan por las causas populares y quiénes miran para otro lado cuando confrontamos con la rosca dominante. En este momento histórico estamos pariendo una Patria.
3.- ¿Qué significa militar en el Movimiento Nacional Justicialista? Luchar para equiparar condiciones de existencia sin privilegios de clase en la Argentina.- Es la voluntad de democratizar no solamente la organización política, sino la organización social y promover a los sectores obreros, asalariados, intelectuales, científicos, etc., a un rol de dirección en la sociedad y en la economía.
Hablar de militancia nos identificará con el 17 de Octubre de 1945, el Bicentenario y el funeral de Néstor del 27 de Octubre de 2010, fechas que guardan una resonancia especial, que tienen que ver con la justicia histórica, con aquel año en que el país de los parias devino palabra política. La Plaza de Mayo fijó en la Argentina el sitio del pueblo, lugar inexpugnable como memoria frente a cualquier poder. Dice Nicolás Casullo “...persiste en la conciencia, en el presente, de que todavía estamos vital y a la vez espectralmente en esa plaza….”.
La invención de la Argentina, un sueño al fin, tuvo la marca indeleble de una utopía, no por lo que tenía de imposible, sí por lo que tenía de deseo libertario. Dado el presente ¿no es acaso el sueño mayor de un militante luchar para modificar la brecha salvaje en la distribución del ingreso? Toda esa muchachada que le cantaba a la Presidenta “aquí están los pibes para la liberación”, va a ser muy necesaria, como todos los que no estuvieron pero también entienden que es el momento de acompañar a Cristina, cuidarla de los caranchos y ayudarla a consolidar y profundizar el proyecto nacional y popular.
Los “profetas del odio” pretenden expulsar al olvido a los dioses del coraje y de la dignidad, en este país que se jactó del gaucho y del orgullo criollo. Aquel grito de Sucre ¡A paso de vencedores! que en la batalla de Ayacucho nos llevó a la maravillosa insolencia de fundar una Nación, debe ser nuestro grito.
Desde el 25 de mayo de 2003 en la Argentina, y específicamente en Salta desde el 28 de octubre de 2007, estamos convocados a una patriada grande: la del Renacimiento emancipador. Argentina está intacta en su voluntad de vivir, en su inteligencia creadora, en su geografía de dones y riquezas, en su espacio de fraternidad suramericana.
El militante sabe que no hay una dialéctica histórica que lleve necesariamente al triunfo. No hay certezas, ni garantismos absolutos. El militante necesita creencias, para no debilitarse. No hay leyes de la historia. “..Pienso con terror que pequeño es el número de los que están dispuestos a no malentender algo así…” (Bertolt Brecht).
Los justicialistas “...por el solo hecho de vivir...” en una Argentina irresuelta, donde continuamos sintiendo la pertenencia a los ecos de aquella Plaza de Mayo, que aún nos hospedan, debemos redoblar nuestro compromiso y militancia por cumplir el perpetuo sueño de una comunidad igualitaria, inclusiva, y con justicia social.
Raúl Scalabrini Ortiz, un inclaudicable militante de la causa nacional y popular, nos recuerda:”….Es necesario tener constantemente presente la jerarquía de los objetivos. Primero, la Nación. Después, el Pueblo. Luego, el Partido. La Nación, por definición, es un proyecto de vida en común….”.
Salta, 17 de noviembre de 2010.